Cada vez tengo menos paciencia musical. El retiro playero lo pasé en Noja, un pueblo de la costa cantábrica, destino de domingueros y familias de vacaciones en agosto. Con semejante población era de esperar que los bares del pueblo, adapatados a la invasión veraniega, fuesen lo peor. No puedo, no soporto a King Africa, y en los dos únicos días que salí de marcha, lo escuché hasta el vómito. El resto de canciones también me producían arcadas. Mis amigos, lógicamente, se quejaron por las caras que ponía en todo momento, de sufrido y aburrido, pero no era para menos.
La gente de los bares estaba compuesta por imberbes de 18 años y chicas de collar de pelas. Entre ellos hacen intercambio de lenguas. Por este lado tampoco había ningún interés.
Pero lo peor no estaba en los bares, sino en una discoteca. Definitivamente, el infierno existe y está en Noja. Es una discoteca llamada El Barco donde se agolpan machos hiperviolentos berreantes a la búsqueda de hembras. La música era más de lo mismo, pero con el sufrimiento añadido de tener que soportar las escenas patéticas de los simios marcando territorio. Creo que al final de la noche llovieron los vasos y todo.
De todas formas, no todo ha sido negativo. Intenté coger algo de color en la playa. Íbamos todos los días por la tarde, excepto el último que para que nos diese algo más el sol nos plantamos en la arena por la mañana, pero todo ha sido en vano. La próxima vez bajaré un poco el grado de protección de la crema, que ya he comprobado que con una protección 30 es imposible ponerse moreno. Las actividades en la playa se limitaban a saltar las olas de vez en cuando, echarse una pequeña siesta en la arena y leer algo. He disfrutado de no hacer nada.