Circula por internet una versión de lo que hice ayer en el Retiro, exactamente de mi aventura en una de las barcas del estanque, pero “la cuentan mal”, “está mal”, “lo describen mal”, “mal”. Qué rabia me da.
Pero antes de llegar al momento en el que mi vida peligró en el estanque de agua inmunda, tengo que relatar lo que ocurrió durante el día entre Supervago y yo.
Nos despertamos relativamente pronto, a eso de las 10.30 A.M., porque el día de antes Supervago había hablado sobre la posibilidad de ir al parque acuático. Yo, como suele ser habitual, estaba en la gran duda. No me apetecía mucho ir pero tampoco me desagradaba la idea. Pero el tiempo eligió por nosotros. Unas cuantas nubes y un poco más de viento nos hicieron desisitir y nos quedamos en mi casa tomando café con leche condensada. Qué rico que está.
Se acercaba la hora de comer y no me apetecía nada quedarme en casa, así que le propuse a Supervago que saliésemos a comer fuera y, que más tarde, fuésemos al Retiro. Supongo que ahí comenzó a maquinar mi accidente, sencillo, sin complicaciones, el agua tóxica lo haría todo.
Recorrimos un buen trecho de Bravo Murillo buscando un restaurante donde comer algo. Lo que no estaba cerrado, o tenía muy mala pinta o era muy caro, así que terminamos en un minichino donde nos sacaron agua en la jarra más hortera que he visto en toda mi vida. Unos motivos de pasta italiana estaban impresos sobre el cristal y, entre macarrones y otras cosas, se podía leer “pasta”.
Salimos del restaurante y cogimos el metro para ir al centro. Teníamos que visitar las paradas obligadas de Madrid Rock y Fnac. Y según pasaban los minutos iba notando el cambio. Supervago quería pegarme. Deseaba cogerme y tirarme al suelo. Veía su mano acercarse en todo momento. Las agresiones iban aumentando. En definitiva, que al final llegamos al Retiro cada uno por su cuenta tras nuestra separación en la estación de Sol.
Primero llegó Supervago, así que le dio tiempo a terminar de maquinar mi fin. Sería en una barca. Por 4 euros tendría 40 minutos para intentar tirarme al agua. Llgué yo al cuarto de hora. La entrada estaba comprada y me invitó a subir con él. Él remaría, entre otras cosas porque yo no he remado en mi vida y no sabría hacerlo, pero él tampoco sabía.
No parábamos de dar vueltas en círculo, en la zona del muelle, sin ir ni adelante ni atrás. Supervago me decía que le ayudase, pero yo no podía. Nunca había cogido un remo. Al final, los bordes de los encargados nos dieron un empujón y salimos directos al estanque. Todo iba bien, sorteábamos otras barcas, nos acercábamos a lo más profundo del estanque. Y ahí fue cuando se emperró en que nos cambiásemos de asiento para que remase yo. Pero yo no pensaba levantarme de mi sitio. Tras tanta agresión durante el día, era muy sencillo que, una vez de pie, me diese un empujón para caer en el agua tóxica. Pero él lo intentó, dijo que me cambiase, que me pusiese donde él. Ante mi negativa, lo que hizo fue zarandear la barca. Quería verme mojado, tirado, abandonado en el estanque. Me agarré y no lo consiguió. Qué mal. Qué asco si me hubiese caído ahí.
Durante los siguientes minutos me hice dueño de los remos y encaminé la barca otra vez a la zona de los muelles. Para ser la primera vez, no lo hice tan mal. Hasta que no nos bajamos de la barca no respiré tranquilo por ver que el plan de Supervago había fracasado. Al menos, por esta vez.